domingo, 15 de septiembre de 2013

Siete días atrás me tomé el colectivo de la línea 63 hasta La Matanza. Todavía sigo acá, Roberto, y no encuentro la manera de salir. Nuestra hija me advirtió al respecto, repitió que yo nunca había viajado en colectivo. Tonta de mí que no la escuché ¿Cómo voy a hacerlo si lo único que sale de su boca son groserías y blasfemias? El otro día me dijo, hacete coger por Satanás. Dios Mío, esa boca está condenada al infierno para toda la eternidad. Esa boca y todo su cuerpo también. Pero este no es momento para hablar de Renata y sus locuras. Necesito que vengas a buscarme urgente, Roberto, estoy aterrada.
Siete días atrás me tomé el colectivo hasta La Matanza buscando la casa de Encarnación. Desde que tuvo que dejar las tareas domésticas en casa no supe más de ella y hay cosas que yo no puedo resolver sola. Se me acabó la ropa interior limpia y no tengo idea como se usa un lavarropas. Estoy harta de estar sin bombacha por la vida. Me tomé el colectivo esa mañana imaginando que iba a ser una tarea fácil. Pero más fácil debe haber sido vivir en Auschwitz que viajar en un colectivo a la provincia, rodeada de gente que no sabe lo que es una ducha, o al menos un perfume. Estaba hacinada, no podía respirar por la cantidad de gente como por los hedores que cada uno cargaba. Tuve que fingir un desmayo para que me dejaran un asiento libre, y pagué un alto precio para estar cómoda. Como no tenía la bombacha puesta, me estuvieron manoseando todo el viaje. Metían la mano de una manera tan indecorosa y atrevida que por el miedo preferí seguir haciéndome la inconsciente. No quise abrir los ojos en ningún momento, ni siquiera cuando sentí como me estaban metiendo algo más que seguramente no era una mano. Así y todo, supe donde bajar, estudié el mapa a la perfección. Lo que el mapa no decía es que las calles eran de tierra y claramente no tenían ningún tipo de señalización ¿A quién le iba a preguntar, si las pocas personas que aparecían tenían peor aspecto que indigentes? Eran criminales, no tengo duda al respecto. Estaban  dispuestos a quitarme la vida por los pocos pesos que llevaba en la cartera. No quiero decir que estaba lleno de negros drogadictos y ladrones, Roberto. No quiero, pero no se me ocurre otra manera de explicarte. Encarnación es negra de piel, y bastante ignorante la pobrecita, pero es honesta. Y buena persona, jamás me contestó mal, ni siquiera cuando tuve que golpearla cuando pensé que robaba mis medias. Hasta supo agachar la cabeza cuando, sin que nadie me obligara, le pedí disculpas al descubrir que yo misma había tirado las medias porque estaban viejas. Pero la gente de acá es mala en su mayoría.  Me corrieron con un tramontina por uno de los pasillos de esta villa. No sé donde estoy exactamente ahora, porque  una señora de buen corazón me vio correr desesperada y abrió las puertas de su casa para que pudiese refugiarme hasta encontrar a Encarnación y pueda llevarla de nuevo a casa, pero no volví a salir desde entonces. Creo, estoy bastante segura en realidad, que donde me encuentro ahora es una cocina de cocaína. Una vez vi una en un documental de Discovery Healt y esta es exactamente igual. Pero a ellos no les molesta mi presencia, me están ayudando. A cambio les ofrezco sexo oral. No me juzgues. Es la ley de la selva y estoy dispuesta a  mostrar mis garras para sobrevivir, como lo hice después de la pérdida del útero. Pero necesito urgente encontrar a Encarnación para irme de acá y bañarme. Te pido por favor, Roberto, no hagas la denuncia a la policía, le prometí eso a la Yoli, la señora dueña de este lugar. Es una buena mujer, pero de todos amenazó con cortarme la lengua si hablaba con alguien de esto. Por eso esta carta es secreta y para hacértela llegar tuve que hacer otros favores. Por favor te pido, Roberto, buscame. Tengo hambre y mucho miedo de lo que Renata le esté haciendo a mis tulipanes. Nuestra hija no está capacitada para cuidarse sola, menos a mis amadas flores.


Tuya, Monica