jueves, 29 de agosto de 2013

Por más que intente, no logro adaptarme a los tiempos que corren. Trato por todos los medios de entender a nuestra hija, pero no comprendo nada de lo que me dice o hace. Estoy convencida que la nena anda en cosas extrañas, cosas que la gente normal, como yo, no hace. Ella insiste en que la juventud de hoy en día es así, que vive el día a día ¿Qué carajo significa eso? Ya no sé si creerle, Roberto. Necesito tanto que me ayudes, un consejo tuyo, pero como siempre de egoísta vos, me tenés abandonada. Prófugo de la justicia o no, deberías llamarme cada tanto. Jamás yo le informaría a la policía de tu paradero. Esta chica necesita de una mano dura, a mi no me respeta. En cambio a vos te sigue teniendo miedo, cada vez que te nombro parece poseída por el terror. La última vez que le hablé de vos, le arrancó la cabeza de una mordida a mi canario cabecita negra. El que vos odiabas porque empezaba a cantar a las cinco de la mañana, ese mismo. El punto es que la criatura es una salvaje, y urgente necesita una imagen paternal firme que le ponga coto a los caprichitos y las ganas de decapitar animalitos cada vez que se enoja. Pero si creés que esa es la terrible razón por la cual te escribo, es que no conoces a la nena aún. Aunque aún lloro a mi canario, algo más grave está pasando frente a mis narices. Estoy segura.
Nuestra hija Renata está de novia. El domingo pasado me presentó al sujeto en cuestión. Ay, Roberto, el hedor a suciedad que invadió la casa que supimos compartir tiempo atrás hizo que no pudiese controlar las arcadas y terminé vomitando delante de ellos. Un horror. Claro, para ella yo estoy loca, pero nunca me preguntó que me había causado tal asco. Era evidente que ese hombre no sabía lo que era una ducha, pero parece que Renata ni se da por enterada. Para mí que la caída en la pista de esquí de Las Leñas durante el embarazo terminaron por atrofiarle el sentido del olfato. En fin, después de limpiar el accidente, pasar el trapo y volver a encerar el piso del living (como extraño a Encarnación) puse un plástico en el sillón para que el hombre ni atinara a sentarse en mi tapizado. La nena, mientras tanto, tuvo un ataque de ira y quedó convulsionando por ahí, supuestamente porque yo la hago quedar mal. No le presté atención, la dejé ahí con su espectáculo para llamar la atención y aproveché para preguntarle al susodicho que hacía de su vida. Espero estés sentado para asimilar lo que sigue, Roberto. Resulta que el pretendiente de nuestra hija es un reciclador de basura. Ambientalista dice él. Ni siquiera tengo muy en claro que es eso, pero si sé muy bien que eso quiere decir que no trabaja en nada serio, no tiene estudio universitario ni un futuro ¡Vive en la basura, por el amor de Cristo! Y encima se quiere llevar a la nena a un viaje a Catamarca donde se juntan todos vagos como él a hablar de basura, de que más sino. Por favor, Roberto, volvé pronto. Necesito tu firma para poder internar a la nena en el psiquiátrico de nuevo. Voy a tener que terminar falsificándola otra vez si no hacés caso.  

Tuya, Monica


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