Estoy decidida a
hacer un viaje al exterior. Viajar como cuando éramos jóvenes. Quiero irme de
vacaciones a algún lugar exótico. Pensé en Medio Oriente. Porque necesito
aventurarme. Sentir otra vez en mi cuerpo una adrenalina tal que me estremezca
toda y no me haga tener más dudas de que sigo viva. Sí, aunque te cueste
creerlo, yo que siempre fui una mujer enérgica que aparentaba diez años menos
en cada etapa de la vida, cada día dudo más si mi corazón sigue latiendo. Estoy
trabada en una rutina mediocre, y no por propia decisión.
Ayer fui a la carnicería,
desde que tuve que dejar a Encarnación en la calle, las compras las hago yo. El
punto es que me robé un kilo de entraña. Sin sacarle la grasa, como a vos te
gusta. Me sentí viva, pero más importante aún, sentí que me estaba revelando
contra este mundo injusto.
Debes pensar que
soy una tonta, lo se, siempre subestimándome ¿Pero sabés qué, Roberto? No me
importa, ya no me importa nada de lo que opines. Lo hice y lo disfruté.
Está bien, admito
que todo no fue maravilloso. Algunos de los clientes que me vieron salir
corriendo con el kilo de entraña son conocidos del barrio, de toda la vida. Estaba
Juan Carlos, seguro te acordás quien es, el electricista que vive a dos casas
de la nuestra. Perdón, la mía. Tenés muy en claro que dejó de ser nuestra después
de aquel accidente que voy a pasar por alto en ésta carta ¿Recordás de quien te hablo, no? ¿Te
acordás como nos hizo la instalación de la araña del living? Claro que te
acordás, si vos fuiste el que salió corriendo a querer matarlo a golpes después
que estalló y le prendió fuego el pelo rubio y hermoso a nuestra hija Renata. Como gritaba
esa criatura, Jesús mío, con toda la cabeza en llamas. Nunca más le volvió a
crecer el pelo en ciertos lugares, el otro día la miraba sin que ella se
diese cuenta (piensa que la juzgo la infeliz) y noté que todavía tiene ciertas
partes peladas. Bueno, ese Juan Carlos, un hijo de puta, pero un hijo de puta
que saludo siempre que lo veo. Y a la mujer también, Susana creo que se llama, cada tanto le compro esas cremas
que vende por catalogo. Huelen como los mil demonios, pero son baratas. Nos
dejaste en bancarrota y ya no puedo comprar cremas en Miami.
Ay, Roberto, a
veces me olvido que no estás frente a mí, charlo como si tuviésemos todo el
tiempo del mundo, y claro que ya no es así. Tuve que volver a leer todo lo que
escribí para saber por donde iba. Pero perdí las ganas de seguir, te cuento de
las vacaciones en la próxima carta que no sé cuándo será.
Tuya, Monica
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