domingo, 11 de agosto de 2013

Se trata de probar cosas nuevas. Hoy probé regar los tulipanes en posición horizontal. Y la hernia me está matando por tu culpa.
El agua fluye con mayor liquidez, me dijiste la noche que llevamos el murciélago a la guardia del veterinario. Que cansada me tenían los viajes relámpago a la clínica para animales. Me tenían harta, tanto como la rata inmunda que amabas tanto. Dejaste que hiciera un nido en mi lado del ropero. Tenía toda la ropa cagada por el puto murciélago.
Oles a guano, me dijo el veterinario esa noche.
¿Sabías que robaba perros en el parque y después los vendía? Ese hombre al que le confiabas tu amado animal transmisor de la rabia, ese hombre que debía ser un emblema de honestidad no era más que un burdo ladrón de cachorritos. Hizo llorar a un nene que conozco, tenía la cara embarrada en mocos espesos cuando descubrió que el perrito desapareció.
¿Dónde está Pichulo, mami?
Seguro se lo robó el hijo de puta del veterinario. Vamos a buscarlo, lo pagamos y lo recuperamos.
¿Pero, mamita, si es nuestro por qué lo pagamos?
Limpiate esos mocos, por el amor de dios. Con razón tu padre nos abandonó.
El murciélago se retorció en las manos del veterinario y sentí el vomito subirme hasta la gargantilla.
Es un empacho, te dijo el doctor de mascotas.
Me duele la pancita, te dijo el bicho.
¿Le diste alimento balanceado?
Se comió un pollo a la mostaza y cuatro salchichas de copetín, le admití. Me clavaste una mirada acusadora, cuando deberías sentirte un mugroso por mentirle al veterinario.
Hay que darle suero, dijo el ladrón de mascotas.
Mis tulipanes siguen sin ponerse derechos, y eran las tres de la mañana y tenía el camisón puesto. El aire acondicionado de la veterinaria se me metía por las piernas, me estaba muriendo de frío. Si te preocuparas por mí, me hubieses avisado que iba a haber aire acondicionado y me hubiese puesto una bombacha.
Gracias por cuidarme la pancita, dijo el murciélago acostado en la camilla y con el suero enchufado en el ala.
La hernia está matándome, no voy a volver a andar a caballo.
Esa madrugada al volver de la veterinaria asesiné a tu murciélago, lo despellejé y me comí su carne cruda. Pensé en guardar la cabeza para enviártela en una caja con moño verde. Pero al final la escondí atrás de la heladera. Espero me perdones ahora que te lo confieso, así vas a entender que sigo amándote, pero tenés que aprender a cuidarme más. 

Tuya, Monica

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