Se trata de probar
cosas nuevas. Hoy probé regar los tulipanes en posición horizontal. Y la hernia
me está matando por tu culpa.
El agua fluye con
mayor liquidez, me dijiste la noche que llevamos el murciélago a la guardia del
veterinario. Que cansada me tenían los viajes relámpago a la clínica para animales.
Me tenían harta, tanto como la rata inmunda que amabas tanto. Dejaste que hiciera
un nido en mi lado del ropero. Tenía toda la ropa cagada por el puto
murciélago.
Oles a guano, me
dijo el veterinario esa noche.
¿Sabías que robaba perros en el parque y después los vendía? Ese hombre al que le confiabas tu amado
animal transmisor de la rabia, ese hombre que debía ser un emblema de
honestidad no era más que un burdo ladrón de cachorritos. Hizo llorar a un nene
que conozco, tenía la cara embarrada en mocos espesos cuando descubrió que el
perrito desapareció.
¿Dónde está
Pichulo, mami?
Seguro se lo robó
el hijo de puta del veterinario. Vamos a buscarlo, lo pagamos y lo recuperamos.
¿Pero, mamita, si
es nuestro por qué lo pagamos?
Limpiate esos
mocos, por el amor de dios. Con razón tu padre nos abandonó.
El murciélago se
retorció en las manos del veterinario y sentí el vomito subirme hasta la
gargantilla.
Es un empacho, te dijo
el doctor de mascotas.
Me duele la
pancita, te dijo el bicho.
¿Le diste alimento
balanceado?
Se comió un pollo
a la mostaza y cuatro salchichas de copetín, le admití. Me clavaste una mirada
acusadora, cuando deberías sentirte un mugroso por mentirle al veterinario.
Hay que darle
suero, dijo el ladrón de mascotas.
Mis tulipanes
siguen sin ponerse derechos, y eran las tres de la mañana y tenía el camisón
puesto. El aire acondicionado de la veterinaria se me metía por las piernas, me
estaba muriendo de frío. Si te preocuparas por mí, me hubieses avisado que iba
a haber aire acondicionado y me hubiese puesto una bombacha.
Gracias por
cuidarme la pancita, dijo el murciélago acostado en la camilla y con el suero
enchufado en el ala.
La hernia está
matándome, no voy a volver a andar a caballo.
Esa madrugada al
volver de la veterinaria asesiné a tu murciélago, lo despellejé y me comí su
carne cruda. Pensé en guardar la cabeza para enviártela en una caja con moño
verde. Pero al final la escondí atrás de la heladera. Espero me perdones ahora
que te lo confieso, así vas a entender que sigo amándote, pero tenés que aprender
a cuidarme más. Tuya, Monica
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