lunes, 19 de agosto de 2013

Acerté casi todos los números en la lotería de la parroquia. No saqué ningún premio, ni siquiera alguno de consuelo por participar. Un premio que, creo yo, debería ser dado. Pero lo que quería contarte, antes de irme por la tangente, fue la adrenalina al ver en vivo y en directo el sorteo. Me sentí joven de nuevo, estaba excitada mientras las bolillas salían de a una por el bolillero. Ay, Dios mio, estoy sonrojada mientras te escribo esto, Roberto, pero necesito que lo sepas. Me masturbé imaginando como iba a cantar ¡Bingo! Aunque ya no puedo llegar al orgasmo, estuve dos horas tocándome y ni siquiera estaba húmeda. Al final estaba agotada, esa noche dormí como un angelito.
Mientras veía el sorteo y acertaba números imaginaba que iba a hacer con la plata, y aunque no lo creas, todas las fantasías te incluían. Porque te sigo amando como el primer día, a pesar de que hayas intentando atropellarme con la camioneta que compraste con la indemnización. Pagaste tu maliciosa intención como es debido, tres años en el penal le sirven de lección a cualquiera, hasta a vos, que no terminaste el cuarto grado. Intento de homicidio es un estigma social que no se quita fácil, pero yo te perdono, aunque nuestra hija insista en que me vaya a vivir al exterior, yo estoy dispuesta a intentarlo de nuevo. Estoy completamente segura que vos también, que estás arrepentido de tus errores. Sino no se explicarían esos llamados tuyos tan graciosos que sigo recibiendo todas la noches. Nuestra hija repite y repite hasta el cansancio que las amenazas de muerte no son chistes y que debería denunciarte, pero ella no sabe la clase de humor que disfrutamos. Como aquella vez que ese grosero me dijo unas barbaridades irrepetibles y vos lo empujaste a la via del tren, nos reímos durante días. Extraño esos tiempos de complicidad, cuando tenía mi útero en su lugar. Extraño mi útero.

Tuya, Monica

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