martes, 20 de agosto de 2013

Recibí la visita de Renata, juntas descubrimos que el perro de la vecina se mete en el jardín y me orina los tulipanes. Lamento relatarte semejante vulgaridad, pero estoy al límite de un ataque de furia. Mejor te cuento de nuestra hija, cómo quisiera que pudieses verla hoy, tan crecida. Es la viva imagen tuya. Cuando se enoja se le ponen los ojos en blanco y pierde la conciencia, empieza a hablar en una lengua extraña e incomprensible y convulsiona hasta tragarse la lengua. Cuando empieza a con esos espasmos horribles yo le pongo una cuchara de madera bajo la lengua para que no se le meta adentro. Me sorprende la fuerza que tiene a pesar de estar convulsionando, se retuerce con una energía que hace acordarme cuando yo era joven y bailaba en la compañía de ballet. Fui famosa durante todos los años que bailé. Sigo pensando hoy en día que el día que se rompió el piso del escenario y caí al vacío fue un atentado de la mal nacida que quería mi lugar en la compañía. Cuatro costillas rotas y la cadera desplazada. Es el día de hoy que aún siento el dolor punzante de las maderas astilladas clavándose en mi piel. Ay, tantos dolorosos recuerdos me vienen a la mente. Pero Renata no baila, dice que para ser puta prefiere serlo sin pasar vergüenza. Esa boca de cloaca es otro vivo reflejo de tu genética. Pobrecita, está tan malhumorada y dolida con la vida y ni siquiera tuvo hijos. Claro que con esos espasmos horribles quien va a querer darle hijos ¿La imaginas amamantando un bebe en medio de un ataque convulsivo? Seguro reíste al pensarlo, admito que a mi me pasó también.
No hay criatura en el mundo que merezca esa madre, le dije.
Pero Renata piensa que yo la odio, porque enloqueció al escuchar esa verdad pura de mi boca. No entiende que lo mío es amor de madre. Yo, que perdí el útero después de aquel terrible accidente que ni me atrevo a nombrar pero que tan bien recordarás, se mejor que nadie lo que es el amor. El punto es que no le gustó mi honestidad, y automáticamente los ojos se le pusieron blancos y empezó a escupir espuma por la boca en medio de oraciones imposibles de descifrar. Y a todo esto el perro de mierda apareció en el jardín y meó los tulipanes mientras yo trataba de contralar el ataque de nuestra hija. Te lo juro por la Virgen, le voy a cortar las bolas a ese perro desgraciado y se las voy a mandar a la vecina en una caja con moño verde.
Yo así no puedo más, Roberto, estoy agotada. Necesito vacaciones. 

Tuya, Monica

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