Siete días atrás
me tomé el colectivo de la línea 63 hasta La Matanza. Todavía sigo acá, Roberto,
y no encuentro la manera de salir. Nuestra hija me advirtió al respecto,
repitió que yo nunca había viajado en colectivo. Tonta de mí que no la escuché ¿Cómo
voy a hacerlo si lo único que sale de su boca son groserías y blasfemias? El
otro día me dijo, hacete coger por Satanás. Dios Mío, esa boca está condenada
al infierno para toda la eternidad. Esa boca y todo su cuerpo también. Pero este
no es momento para hablar de Renata y sus locuras. Necesito que vengas a
buscarme urgente, Roberto, estoy aterrada.
Siete días atrás
me tomé el colectivo hasta La Matanza buscando la casa de Encarnación. Desde que
tuvo que dejar las tareas domésticas en casa no supe más de ella y hay cosas
que yo no puedo resolver sola. Se me acabó la ropa interior limpia y no tengo
idea como se usa un lavarropas. Estoy harta de estar sin bombacha por la vida. Me
tomé el colectivo esa mañana imaginando que iba a ser una tarea fácil. Pero más
fácil debe haber sido vivir en Auschwitz que viajar en un colectivo a la
provincia, rodeada de gente que no sabe lo que es una ducha, o al menos un
perfume. Estaba hacinada, no podía respirar por la cantidad de gente como por
los hedores que cada uno cargaba. Tuve que fingir un desmayo para que me
dejaran un asiento libre, y pagué un alto precio para estar cómoda. Como
no tenía la bombacha puesta, me estuvieron manoseando todo el viaje. Metían la
mano de una manera tan indecorosa y atrevida que por el miedo preferí seguir haciéndome
la inconsciente. No quise abrir los ojos en ningún momento, ni siquiera cuando
sentí como me estaban metiendo algo más que seguramente no era una mano. Así y
todo, supe donde bajar, estudié el mapa a la perfección. Lo que el mapa no
decía es que las calles eran de tierra y claramente no tenían ningún tipo de señalización
¿A quién le iba a preguntar, si las pocas personas que aparecían tenían peor
aspecto que indigentes? Eran criminales, no tengo duda al respecto. Estaban dispuestos a quitarme la vida por los pocos
pesos que llevaba en la cartera. No quiero decir que estaba lleno de negros
drogadictos y ladrones, Roberto. No quiero, pero no se me ocurre otra manera de
explicarte. Encarnación es negra de piel, y bastante ignorante la pobrecita,
pero es honesta. Y buena persona, jamás me contestó mal, ni siquiera cuando tuve
que golpearla cuando pensé que robaba mis medias. Hasta supo agachar la cabeza
cuando, sin que nadie me obligara, le pedí disculpas al descubrir que yo misma había
tirado las medias porque estaban viejas. Pero la gente de acá es mala en su mayoría. Me corrieron con un tramontina por uno de los
pasillos de esta villa. No sé donde estoy exactamente ahora, porque una señora de buen corazón me vio correr
desesperada y abrió las puertas de su casa para que pudiese refugiarme hasta
encontrar a Encarnación y pueda llevarla de nuevo a casa, pero no volví a salir
desde entonces. Creo, estoy bastante segura en realidad, que donde me encuentro
ahora es una cocina de cocaína. Una vez vi una en un documental de Discovery
Healt y esta es exactamente igual. Pero a ellos no les molesta mi presencia, me
están ayudando. A cambio les ofrezco sexo oral. No me juzgues. Es la ley de la
selva y estoy dispuesta a mostrar mis
garras para sobrevivir, como lo hice después de la pérdida del útero. Pero
necesito urgente encontrar a Encarnación para irme de acá y bañarme. Te pido
por favor, Roberto, no hagas la denuncia a la policía, le prometí eso a la
Yoli, la señora dueña de este lugar. Es una buena mujer, pero de todos amenazó
con cortarme la lengua si hablaba con alguien de esto. Por eso esta carta es
secreta y para hacértela llegar tuve que hacer otros favores. Por favor te pido,
Roberto, buscame. Tengo hambre y mucho miedo de lo que Renata le esté haciendo
a mis tulipanes. Nuestra hija no está capacitada para cuidarse sola, menos a
mis amadas flores.
Tuya, Monica