Por más que
intente, no logro adaptarme a los tiempos que corren. Trato por todos los medios
de entender a nuestra hija, pero no comprendo nada de lo que me dice o hace. Estoy
convencida que la nena anda en cosas extrañas, cosas que la gente normal, como
yo, no hace. Ella insiste en que la juventud de hoy en día es así, que vive el
día a día ¿Qué carajo significa eso? Ya no sé si creerle, Roberto. Necesito tanto
que me ayudes, un consejo tuyo, pero como siempre de egoísta vos, me tenés
abandonada. Prófugo de la justicia o no, deberías llamarme cada tanto. Jamás yo
le informaría a la policía de tu paradero. Esta chica necesita de una mano
dura, a mi no me respeta. En cambio a vos te sigue teniendo miedo, cada vez que
te nombro parece poseída por el terror. La última vez que le hablé de vos, le
arrancó la cabeza de una mordida a mi canario cabecita negra. El que vos
odiabas porque empezaba a cantar a las cinco de la mañana, ese mismo. El punto es
que la criatura es una salvaje, y urgente necesita una imagen paternal firme
que le ponga coto a los caprichitos y las ganas de decapitar animalitos cada
vez que se enoja. Pero si creés que esa es la terrible razón por la cual te
escribo, es que no conoces a la nena aún. Aunque aún lloro a mi canario, algo
más grave está pasando frente a mis narices. Estoy segura.
Nuestra hija
Renata está de novia. El domingo pasado me presentó al sujeto en cuestión. Ay,
Roberto, el hedor a suciedad que invadió la casa que supimos compartir tiempo
atrás hizo que no pudiese controlar las arcadas y terminé vomitando delante de
ellos. Un horror. Claro, para ella yo estoy loca, pero nunca me preguntó que me
había causado tal asco. Era evidente que ese hombre no sabía lo que era una
ducha, pero parece que Renata ni se da por enterada. Para mí que la caída en la
pista de esquí de Las Leñas durante el embarazo terminaron por atrofiarle el
sentido del olfato. En fin, después de limpiar el accidente, pasar el trapo y
volver a encerar el piso del living (como extraño a Encarnación) puse un
plástico en el sillón para que el hombre ni atinara a sentarse en mi tapizado. La
nena, mientras tanto, tuvo un ataque de ira y quedó convulsionando por ahí,
supuestamente porque yo la hago quedar mal. No le presté atención, la dejé ahí con
su espectáculo para llamar la atención y aproveché para preguntarle al
susodicho que hacía de su vida. Espero estés sentado para asimilar lo que sigue,
Roberto. Resulta que el pretendiente de nuestra hija es un reciclador de basura.
Ambientalista dice él. Ni siquiera tengo muy en claro que es eso, pero si sé
muy bien que eso quiere decir que no trabaja en nada serio, no tiene estudio
universitario ni un futuro ¡Vive en la basura, por el amor de Cristo! Y encima
se quiere llevar a la nena a un viaje a Catamarca donde se juntan todos vagos
como él a hablar de basura, de que más sino. Por favor, Roberto, volvé pronto. Necesito
tu firma para poder internar a la nena en el psiquiátrico de nuevo. Voy a tener
que terminar falsificándola otra vez si no hacés caso.
Tuya, Monica